Una derrota que fue la mayor victoria
Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has desamparado?
(Mateo 27:46), fueron una de las últimas palabras de aquel que cambió el rumbo
de la historia.
Al
entregar su preciosa vida, Cristo no fue fortalecido por un gozo de triunfo. Su
corazón estaba quebrantado por la angustia y oprimido por la tristeza. Pero no
fue el temor o el dolor de la muerte lo que causó su sufrimiento: fue el peso
torturante del pecado del mundo, un sentido de su separación del amor de su
Padre. Esto fue lo que quebrantó el corazón del Salvador y produjo su muerte
tan pronto.
La
naturaleza misma manifestó simpatía por la escena. El sol brilló claramente
hasta el mediodía, cuando de repente pareció borrarse del cielo. Todo lo que
rodeaba la cruz fue envuelto en tinieblas tan profundas como la más negra
medianoche. Esta oscuridad sobrenatural duró tres horas completas.
Consumado es…Padre,
en tus manos encomiendo mi espíritu
(Juan 19:30). Una luz envolvió la cruz y el rostro del Salvador brilló con una
gloria semejante a la del sol. Inclinó entonces la cabeza sobre su pecho y
murió. Los ángeles se regocijaron cuando el Salvador exclamó: “¡Consumado es!”
El gran plan de redención se llevaría a cabo. Mediante una vida de obediencia,
los hijos de Adán podían ser exaltados finalmente a la presencia de Dios.
Satanás
estaba derrotado y sabía que su reino estaba perdido.
Hoy,
mientras observamos nuestro entorno debemos de ser muy cuidadosos de la manera
en cómo se nos disfraza el estado de los muertos, o se le quita valor a la gran muerte que marcó
historia en esta tierra. En la historia de la humanidad sólo ha existido una
persona que ha vencido la muerte, y gracias a ello tú y yo hoy somos herederos
de una vida eterna. Esta persona se llama Cristo Jesús.
Querido
amigo JOAMI (Joven Adventista en Misión), te invitamos a que cada día busques
la dirección de Dios, escudriña la escritura y comparte lo que has aprendido
con alguien que esté dispuesto a escucharte.
Que
Dios te bendiga, Cristo viene pronto.

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