miércoles, 28 de septiembre de 2016

¿Cómo es ser cristiano en la BUAP?... Y en otras universidades públicas.

Por Alfonso Olvera
Distrito Puebla Sur

Aunque yo no había sido bautizado cuando estudié en la BUAP, ni creía que alguna asociación religiosa en particular tuviera ventaja sobre el resto, sí estaba convencido de la existencia de Dios, de la salvación por gracia y de la justificación por la fe en Cristo. Como muchos jóvenes de mi edad, trataba de encontrar el sentido de la vida en una mezcla de Cristianismo con filosofías orientales, pero encontraba difícil de conciliar mis ideas con el pensamiento científico moderno. Admito que durante las innumerables discusiones de carácter ético que sostuve con mis amigos, con frecuencia oculté mis creencias. No es que simplemente que no gritara a los cuatro vientos que creía en Dios, quiero decir que en situaciones específicas, en las que una reflexión teológica era perfectamente adecuada, de una u otra manera yo buscaba no tener que confesar mi fe. Temía que al hacerlo fuera personalmente censurado por mis compañeros comunistas, o menospreciado por los profesores a los que admiraba; además, también temía ofender a personas que sentían una atracción poco saludable hacia ciertas sustancias (o hacia otras personas).


Es indudable que las universidades públicas son un campo ideológico en el que la espiritualidad de los jóvenes está en un grave riesgo, y creo que esto se debe a que el pensamiento occidental ha sufrido tres importantes transformaciones en el último siglo: secularización, pluralización y privatización. El resultado de la secularización es que las consideraciones espirituales han perdido su influencia social; el resultado de la pluralización es que todas las visiones del mundo se consideran igualmente válidas; y el resultado de la privatización es que únicamente los argumentos naturalistas son considerados dignos del debate público.

Como consecuencia, el joven universitario se enfrenta a un dilema aparente. La opción racional, de acuerdo con el pensamiento secular, plural y privatizado, consiste en relegar el ejercicio de la espiritualidad al nivel de un gusto personal en el cual no vale la pena invertir demasiado tiempo, en respetar todos los puntos de vista sin importar que estos sean lógicamente incoherentes o éticamente defectuosos, y en desestimar la importancia de todo aquello que no sea verificable por medio de los sentidos. La alternativa es ser señalado como un ignorante de las teorías materialistas que han acabado con la autoridad de la iglesia, intolerante a otros sistemas de creencias, y crédulo de relatos fantásticos y cuentos de hadas.

Por eso quiero hablar de algo que no me dijeron en aquél momento. Cada día la sociedad está más consciente de la importancia de hablar de sexualidad a los jóvenes, pero pocos, si es que alguno, se preocupan por la castidad intelectual. Ésta plática es sobre los tres grandes enemigos modernos del pensamiento que ensucian y abaratan la cultura social.

En primer lugar, la mentalidad secular, que divorcia las creencias supernaturales de las naturales, es una mentalidad que nos libra de la responsabilidad de defender nuestra fe pero también secuestra el valor de nuestra opinión sobre cualquier aspecto significativo de la vida. Es verdad que, en principio, la ciencia (que gobierna nuestras creencias naturales) y la religión (que gobierna nuestras creencias supernaturales) no intentan dar respuesta a las mismas preguntas. Sin embargo, en muchos casos sus respuestas se superponen, y debemos ser conscientes de ello.

Ejemplo 1. La ciencia podría refutar el relato de la creación si prueba que el universo es eterno y nunca comenzó a existir (sin embargo, la ciencia y el Cristianismo concuerdan en que el universo comenzó a existir).

Ejemplo 2. La resurrección física de Jesús podría explicar hechos históricos conocidos, como el nacimiento del Cristianismo precisamente en la ciudad donde su Cristo fue públicamente humillado, ejecutado y sepultado. Esa ejecución debió haber sido una prueba contundente de que Jesús no era Dios, y por eso los discípulos huyeron, temerosos y decepcionados. Pero de pronto los discípulos volvieron y predicaron con más voluntad que antes, y mucha gente se convirtió, incluyendo familiares, amigos, conocidos, enemigos y desconocidos, a pesar de no tener nada que ganar y todo que perder.

Si Dios no existe, si no hay un Dios verdadero, entonces ser cristiano, musulmán, budista o ateo es, a final de cuentas, intrascendente. La elección debe obedecer únicamente al gusto personal de cada quien, lo mismo que ocurre cuando se elige el equipo deportivo al cual apoyar. Nadie se pregunta, por ejemplo, qué equipo de fútbol es el verdadero (todos son igual de malos). Pero si Dios existe, si hay un Dios verdadero, entonces no hay nada más importante que conocerlo y tener una relación personal con él. Toda otra actividad es un aspecto periférico en nuestra vida que no debiera distraernos de ese aspecto central. Pero con la creencia en un verdadero Dios viene otro conjunto de creencias ineludibles, en especial con respecto a nuestras obligaciones morales.

En segundo lugar, el problema con la mentalidad plural (que suena muy bien en principio) radica en su vulgarización. Por supuesto que la tolerancia y el respeto a la pluralidad es una virtud, pero hay que ver qué se tolera y qué se respeta. A Voltaire se le atribuye una frase que él probablemente nunca dijo, pero que resume bien su postura: no comparto tu opinión, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarla. Originalmente, el concepto de tolerancia se refería a respetar a las personas aunque se rechazaran sus opiniones. Hoy en día, la noción de lo “políticamente correcto” nos ha llevado a respetar todas las opiniones y, aún así, rechazar a las personas. Éste es un grave error. No hay ningún motivo, ético o epistemológico, para aceptar y alentar creencias demostrablemente falsas o mutuamente contradictorias.

Ejemplo 3. La sociedad moderna nos ha inculcado que nada es objetivamente bueno o malo. Cada sociedad determina lo que es bueno o malo según sus propios intereses y necesidades. En algunas comunidades uno ama al vecino, y en otras uno come al vecino. ¿Quién tiene autoridad para decidir cómo debe uno vivir, qué debe uno comer, en qué ha de gastar uno su dinero, con quién se ha de casar, cuántos hijos ha de tener? Por otro lado la sociedad moderna nos ha inculcado que la tolerancia es objetivamente buena, y que la discriminación es objetivamente mala. Que es realmente malo que una persona quiera adoctrinar a los demás según su fe personal, o que es realmente malo impedir que las mujeres decidan sobre lo que ocurre en su cuerpo. Hoy en día se impulsan campañas para que las sociedades moralmente atrasadas se deshagan de sus prejuicios (o de lo contrario se impondrá la verdadera moral sobre ellos, aunque sea a la fuerza). Pero estas dos creencias son claramente contradictorias. ¿Existen los valores objetivamente o no? ¿La equidad de género es o no es objetivamente buena? ¿El mundo sería un lugar mejor si todos amáramos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, o esa es sólo una opinión que funciona a veces, para unas personas y en circunstancias específicas?

En tercer lugar, la mentalidad privatizada, según la cual la religión no produce ningún conocimiento, pretende injustificadamente que nunca sean discutidos los conceptos de Dios, alma y salvación en espacios públicos. Entiendo que no se hable de Dios en la clase de aritmética, biología o geografía, pero ¿por qué no ha de hablarse de Dios en las clases de filosofía, historia o artes? ¿Qué sentido tiene mencionar a Parménides, Platón, o incluso Leibniz, si no se reflexiona sobre el fundamento y las consecuencias teológicas de sus obras? Cuando Descartes dijo “Pienso luego existo…”, iniciaba un argumento ontológico que culmina en “…por lo tanto, Dios existe”. ¿Por qué hablar del primer paso pero no del último, que da sentido al primero?

Ejemplo 4. ¿Quién dice que el conocimiento empírico es el único válido? Esta creencia, por cierto, es incoherente. No puede probarse empíricamente que “el conocimiento empírico es el único válido”. Si la creencia fuera verdadera, si el conocimiento empírico fuera el único válido, entonces esa misma creencia sería falsa. Luego la creencia es incoherente y hay que rechazarla.

Ejemplo 5. Además, debemos admitir que la realidad completa incluye objetos inmateriales. Afirmar que “la realidad es sólo lo material” implica negar nuestra conciencia, que es inmaterial, y al negar nuestra conciencia negamos todo lo que ella produce, en particular la creencia de que “la realidad es sólo lo material”. De nuevo, si la creencia fuera verdadera, resultaría que es falsa.
Quizá alguien argumente que la religión no produce conocimiento útil, pero debemos preguntarnos ¿útil para qué? ¿Para construir un televisor? ¡Ciertamente la religión no es útil para eso! ¿Pero útil para conocer a Dios? ¿Es útil conocer al Ser necesariamente existente, inmaterial, atemporal, fuera del espacio y la energía, perfectamente bueno, máximamente poderoso y con voluntad para crear, quien te ha dado la vida, y que además ha dado a su propio Hijo para que tú tengas una oportunidad de disfrutar la eternidad con Él? ¡Si eso es tan siquiera posible, entonces no hay un bien mayor que el que la religión nos puede dar!

Creo que mi consejo, si estás estudiando (o por estudiar) tu carrera en una universidad pública (¡incluso en una privada!), es que no te olvides de tu carrera en la fe. Aprende a articular y defender las doctrinas fundamentales del Cristianismo. Nunca sabes cuándo tendrás una oportunidad de dar razón de la esperanza que hay en ti (1 Pedro 3:15). Si te preocupas por crecer como Jesús, en sabiduría, en estatura y en gracia (Lucas 2:52), te será más fácil cumplir con la gran comisión (Marcos 16:15), usando la razón y la verdad como tu principal arma y escudo (Juan 8:32).

Alfonso es profesor de física, investigador en matemática educativa y administrador de torcacita.com

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